La misma historia /otra historia de Borges.
¡Ahora soy Borges! Dijo el mejor amigo de alguien, al ver el gato – que rescató aquella tarde- acurrucarse entre sus piernas, mientras echado en la plataforma de la universidad leía a Kipling.
Lo miraron raro. Creerse análogo a alguien tan complejo, podría provocarle tropiezos de patas cortas –referencia a las mentiras-. Pues, qué se afirma de Borges.
¿Es cierto que el escritor gustaba de criar felinos? ¿Es verdad que el argentino cito al británico? Se ha dicho tanto de Borges y él ha dicho tanto de sí; que ahora no se sabe, lo reales que pueden ser todas esas leyendas sobre él.
Inciertas, cuestionadas, paradojicas. Proporcionales a su temperamento, ideas o al edípico amor a su madre. Pero, porque no amar desmedidamente a la mujer que lo anidó en su vientre nueve meses, exactamente hasta el agosto de 1899. Él mismo describe su recuerdo como puro y grato. Un entredicho típico de su biografía.
En otra ocasión lo escuchamos diciendo: «Si no me hubieran dicho que era el amor yo habría creído que era una espada desnuda». ¿No es lindo y terrible?, se preguntaba. Dejando a su paso otra vez, esa atmósfera contradictoria de la seudo- humildad que lo caracterizaba. Como el hecho de querer ser olvidado, aun sabiendo lo imposible de ese deseo.
Fuera lo que fuere en vida, y aun más en muerte, al oír su nombre siempre saltara en las mentes admiración, no solo por su obra, también por esa forma `extraña` de mirar al ser humano.
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