martes, 14 de octubre de 2014

Cuando no solo el cielo es celeste.




Todos los veranos eran iguales y ella, los amaba así. Papá  salía de vacaciones y como la mayoría de norteños  amaba el mar, el agua,  y sus palmas  arrugadas.  El trabajo lo estresaba, dejarse flotar lo renovaba.  Se olvidaba de reprocharse a sí mismo el poco interés que tuvo de joven y el extremo interés  que tenía que ponerle de viejo,  al trabajo.  Así, al final de cada conversación  trataba de impregnar en las mentes de sus tres hijos la búsqueda de los logros a futuro.  Ellos,  a veces piensan que esa meta se les fue heredada  mucho antes; desde la barriga, desde que flotaban.  Como su padre en los veranos.  
Ella – la mayor, que adora el calorsito de esa estación  -  disfrutaba las mañanas soleadas de enero de  la mano de su “papi”.  En familia iban a un club al sur y se quedaban por horas en la piscina. 
 Lo que más recuerda es la vista desde la espalda de su papá.  El color celeste de las losetas confundidas  con el amarillo si miraba directo al sol, sus formas   desvaneciéndose   en  el movimiento del  agua y a  sus hermanos  menores chapoteando.  Él solo le enseño a flotar.
En el 99 y cinco años a cuestas.  En un  verano como todos,  la dejó esperando al borde de la piscina, seguramente para nadar cómodo.  Seguirlo fue casi automático.   Mientras más avanzaba, más  lejos estaban sus pies del  fondo.   De pronto ya no sabía a qué seguía,  la cabeza despeinada había  desaparecido  y con él , el patético intento de nadar.  Nunca se explicó como llego tan lejos.   Pero nunca olvidara el color celeste intenso de las losetas mientras se hundía.
 Solo dos cosas había aprendido del hombre que llegaba por las noches y vacacionaba en verano.  Flotar y luchar.  Así salió de esa.  
Hoy con veinte años sabe que hay que luchar más para dejar de flotar.

martes, 7 de octubre de 2014

La misma historia /otra historia de Borges.


La misma historia /otra historia de Borges.

¡Ahora soy  Borges! Dijo el mejor amigo de alguien, al  ver  el gato – que rescató aquella tarde-  acurrucarse entre sus piernas, mientras echado en la plataforma de la universidad leía a Kipling.
Lo miraron raro. Creerse análogo a alguien tan complejo, podría provocarle tropiezos de patas cortas –referencia a las mentiras-. Pues, qué  se afirma de Borges.
¿Es cierto que el escritor gustaba de criar felinos? ¿Es verdad que el argentino cito al británico? Se ha dicho tanto de Borges y él ha dicho tanto de sí; que ahora no se sabe,  lo reales  que  pueden ser todas esas leyendas sobre él.  
Inciertas, cuestionadas, paradojicas. Proporcionales a su temperamento, ideas o al edípico amor a su madre. Pero, porque no amar desmedidamente a la mujer que lo anidó en su vientre nueve meses, exactamente hasta  el agosto de 1899.  Él  mismo  describe su recuerdo como puro  y grato. Un entredicho típico de su biografía.
En otra ocasión lo escuchamos diciendo: «Si no me hubieran dicho que era el amor yo habría creído que era una espada desnuda». ¿No es lindo y terrible?, se preguntaba. Dejando a su paso otra vez, esa atmósfera contradictoria de la seudo- humildad que lo caracterizaba. Como el hecho de querer ser olvidado, aun sabiendo lo imposible de ese deseo.
Fuera lo que fuere en vida, y aun más en muerte, al oír su nombre siempre saltara en las mentes admiración, no solo por su obra, también por esa forma `extraña` de mirar al ser humano.