Todos los veranos eran iguales y ella, los amaba así. Papá salía de vacaciones y como la mayoría de
norteños amaba el mar, el agua, y sus palmas arrugadas. El trabajo lo estresaba, dejarse flotar lo
renovaba. Se olvidaba de reprocharse a sí
mismo el poco interés que tuvo de joven y el extremo interés que tenía que ponerle de viejo, al trabajo. Así, al final de cada conversación trataba de impregnar en las mentes de sus tres
hijos la búsqueda de los logros a futuro. Ellos, a veces piensan que esa meta se les fue
heredada mucho antes; desde la barriga,
desde que flotaban. Como su padre en los
veranos.
Ella – la mayor, que adora el calorsito de esa estación - disfrutaba las mañanas soleadas de enero de la mano de su “papi”. En familia iban a un club al sur y se quedaban
por horas en la piscina.
Lo que más
recuerda es la vista desde la espalda de su papá. El color celeste de las losetas confundidas con el amarillo si miraba directo al sol, sus
formas desvaneciéndose en el movimiento del agua y a sus hermanos menores chapoteando. Él solo le enseño a flotar.
En el 99 y cinco años a cuestas. En un verano como todos, la dejó esperando al borde de la piscina,
seguramente para nadar cómodo. Seguirlo
fue casi automático. Mientras más
avanzaba, más lejos estaban sus pies
del fondo. De pronto ya no sabía a qué seguía, la cabeza despeinada había desaparecido y con él , el patético intento de nadar. Nunca
se explicó como llego tan lejos. Pero nunca olvidara el color celeste intenso
de las losetas mientras se hundía.
Solo dos cosas había
aprendido del hombre que llegaba por las noches y vacacionaba en verano. Flotar y luchar. Así salió de esa.
Hoy con veinte años sabe que hay que luchar más para dejar de flotar.